Ya no quiere correr, porque le duele el dedito.
Ya no quiere correr, porque gasta sus zapatos.
Ya no quiere correr, porque no ve cerca el final.
Y al final no quedará más, con su suerte su voz que ni siquiera estará como Dios manda, sino estará extraña, producto de su garganta seca por la mala respiración y la hiperventilación.
15 mar 2010
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